Turquesa
Poder por revelar
Novela · Fantasía
Nació en el mar, respira como los peces y es el puente entre el mundo que muere y el que está por nacer.
El mar ha fascinado al ser humano desde los albores de su existencia. Por un lado, le daba alimentos, la protección y todo lo necesario para sobrevivir, pero también ocultaba numerosos peligros, pues daba albergue a numerosas criaturas extrañas e impredecibles, tanto reales como imaginarias.
¿Por qué los antiguos solían poblarlos con dioses y semidioses? ¿Por qué los poetas y muchos escritores de ayer y de hoy insisten en el misterio que se oculta en lo profundo de aquellas aguas inquietas y rompedoras? ¿Qué guardan, qué se oye decir? ¿Qué pudo haberles inspirado para crear aquellas historias maravillosas que no dejamos de admirar siglos después?
Capítulo 1 — El fin del ciclo
Los antiguos mayas miraban al cielo y al mar como quien descifra un códice vivo. En sus calendarios tallaron la certeza de que el mundo no era eterno, sino un tejido de ciclos que nacían y morían como las olas. El año señalado llegó, y con él, el cataclismo: la tierra se estremeció, los volcanes rugieron, las ciudades se hundieron bajo aguas desbordadas. El fin del mundo no fue un instante, sino un largo gemido de la naturaleza reclamando su lugar.
En medio de ese caos, el océano se convirtió en santuario y amenaza. El Triángulo de las Bermudas, siempre envuelto en rumores de desapariciones y brújulas enloquecidas, se transformó en epicentro de lo inexplicable. Allí, donde las corrientes se cruzan como serpientes invisibles y el cielo se abre en grietas luminosas, flotaba un portaaviones: fortaleza de acero, último bastión de disciplina humana en un planeta convulso.
Entre sus corredores metálicos y el rugido de los motores, vivía una niña distinta. Abril Evans, de apenas ocho años, respiraba como los peces y llevaba membranas entre los dedos, pero su corazón latía humano. Su madre, bióloga marina y sirena, guardaba en su sangre el eco de los cantos ancestrales; su padre, marino militar, sostenía la esperanza de que el orden aún podía sobrevivir al caos.
Abril no conocía la tierra. Su universo era el mar infinito y el acero del navío. Sin embargo, en sus sueños escuchaba voces antiguas, como si las sirenas de los mitos la llamaran desde las profundidades. En su mirada se mezclaban la inocencia y la certeza de que ella era puente entre dos mundos: el que moría y el que estaba por nacer.
Aquella mañana el mar no obedecía a nadie. Las alarmas aullaban por toda la cubierta, los helicópteros se inclinaban contra un viento que cambiaba de dirección sin aviso y, a estribor, el agua había empezado a girar sobre sí misma en una espiral de luz azul que no figuraba en ninguna carta náutica.
El capitán Frank Evans gritaba órdenes que el viento le arrancaba de la boca. Toda su preparación, todos sus años de mando, todos los protocolos aprendidos de memoria no servían de nada frente a aquello. Su tripulación —hombres y mujeres entrenados para lo peor— se movía sin rumbo, y él lo sabía.
Entonces la vio.
Emergió junto al casco, a pocos metros de la borda, y el caos pareció detenerse alrededor de ella. Una cola divina que devolvía la luz en azules imposibles. El cabello de un rosa lago, empapado y encendido. Y unos ojos cuyas pupilas eran también rosas, fijas en él como si lo conocieran desde siempre.
—Para que no mueran más —dijo la criatura, alzando la voz sobre el estruendo—. Usted, hombre de la tierra: cambie su posición unos veinte metros más, y paralelo al triángulo. Para que no le absorba.
El capitán se aferró a la barandilla. En medio del caos, con el acero temblando bajo sus pies, solo acertó a preguntar:
—¿Quién eres? ¿Qué criatura...?
Ella lo interrumpió.
—Soy Senila Rou. En unos días te visitaré. Solo salva a los humanos.
Y el mar volvió a cerrarse sobre ella.
Bajo el océano hay otro mundo, y ese mundo respira en oro.
Cuando las aguas se tragaron las ciudades, no todo lo que quedó abajo estaba muerto. Bajo el océano late un submundo de árboles imposibles y criaturas que no figuran en ningún atlas, y todo él se sostiene sobre una misma sustancia: el oro que lo recorre no es adorno, es energía.
En su corazón se alza el ancla. No amarra ningún barco: amarra el mundo. Cada una de sus palas guarda un color, y cada color a una de las suyas. Quien sabe leerla sabe de dónde viene el don y qué se espera a cambio.
Porque los colores no se reciben para presumirlos. Se reciben para encontrar tierra firme donde ya nadie cree que exista, para llevar la energía del submundo a los que quedan arriba y para arrancar al fondo marino el alimento que mantiene viva a la tripulación. En un planeta hundido, un poder no es un privilegio: es una responsabilidad.
En el mar, el color no adorna: nombra lo que puedes hacer.
Bajo el Triángulo existe una ley que ningún humano ha escrito. Los tritones y las sirenas de las profundidades otorgan el don, y el don se manifiesta en el cabello y en la mirada: cada color es un poder, y cada poder responde a las aguas. Quien conoce el código sabe leer a una criatura marina con solo verla salir a flote.
Abril Evans nació entre dos linajes que nunca debieron mezclarse. Su madre, sirena; su padre, hombre de la tierra. Por eso su cabello no es de un solo color, ni del rosa entero de las suyas, y por eso tampoco tiene cola. Es incompleta para el mar y demasiado extraña para los hombres. Es, exactamente, el puente.
Aprender qué significa cada color de su pelo será aprender quién es.
Poder por revelar
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El código completo de los colores se revela en la novela.
De la niña que jugaba en el arrecife a la mujer que el mar estaba esperando.








Imágenes conceptuales del universo de la novela.
Yaumara Sanabria Llanes es la autora de Abril Evans, ¿humana o sirena?, su primera novela.
Puedes conocerla, leer sus notas sobre el libro y seguir sus próximas publicaciones en su web oficial.
Biografía pendiente de la autora.
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El mar ya la reclamó. Ahora te toca a ti bajar.
La venta se gestiona desde la web oficial de la autora.